
Resulta curioso que muchos problemas del aire acondicionado parezcan tener la costumbre de aparecer justo cuando más falta hace. Durante semanas o incluso meses el equipo funciona con aparente normalidad y, precisamente cuando llega una ola de calor y las temperaturas exteriores se disparan, empieza a perder capacidad de enfriamiento, se detiene, produce agua, hace ruidos extraños o directamente deja de funcionar. Parece que el calor haya provocado la avería, pero en muchas ocasiones lo que ha ocurrido es algo diferente, el calor ha puesto al descubierto un problema que ya estaba presente.
Un equipo de aire acondicionado no trabaja igual cuando la temperatura exterior es moderada que cuando tiene que enfrentarse a 38 o 40 grados. Para conseguir introducir en el interior aire a una temperatura confortable, el sistema debe realizar un esfuerzo considerablemente mayor. El compresor, el condensador y el resto de componentes del circuito frigorífico trabajan durante más tiempo y con mayores exigencias.
Por eso, un equipo que arrastra alguna deficiencia puede seguir funcionando aparentemente bien durante los días templados y mostrar sus problemas cuando llega el calor intenso. Un intercambiador sucio, una ventilación exterior insuficiente, una carga frigorífica incorrecta o un componente eléctrico que empieza a deteriorarse pueden no impedir que el aparato funcione en condiciones relativamente suaves, pero sí hacer que sea incapaz de mantener el rendimiento cuando la demanda aumenta.
También ocurre algo muy sencillo, que durante una ola de calor el aire acondicionado trabaja durante muchas más horas. Un pequeño defecto que apenas tendría consecuencias con dos o tres horas de funcionamiento puede hacerse evidente después de permanecer encendido prácticamente todo el día. Los ciclos de trabajo se prolongan y cualquier componente que estuviera funcionando al límite dispone de menos oportunidades para descansar.
La unidad exterior es especialmente importante en estas situaciones. Necesita expulsar al exterior el calor que ha extraído de la vivienda, pero cuanto más elevada sea la temperatura ambiental, más difícil resulta hacerlo. Si además el intercambiador está obstruido por suciedad o existe algún problema con el ventilador, la capacidad del sistema para desprenderse de ese calor disminuye todavía más.
Algo parecido sucede con la unidad interior. Los filtros y los intercambiadores acumulan polvo con el uso y pueden reducir el paso de aire. El usuario puede interpretar entonces que «el aire acondicionado ya no enfría como antes», cuando en realidad el equipo está funcionando, pero en unas condiciones que le impiden rendir correctamente.
Por eso no resulta extraño que determinadas averías tengan una especie de calendario propio. No es que esperen al día más caluroso para aparecer, es que necesitan que el sistema alcance un nivel de exigencia suficientemente alto para hacerse visibles.
Esto explica también por qué una revisión realizada cuando el aparato todavía funciona puede resultar mucho más útil que esperar a que deje de hacerlo. Detectar una anomalía cuando existe margen para intervenir permite actuar antes de que una pequeña deficiencia termine afectando a otros componentes.
El día más caluroso del verano, en definitiva, puede funcionar como una especie de prueba de esfuerzo involuntaria para el aire acondicionado. Si el equipo consigue mantener el rendimiento, probablemente tenga margen suficiente para afrontar la demanda. Si empieza entonces a mostrar síntomas que antes no presentaba, el calor quizá no sea el culpable, sino simplemente el momento en que el problema ha dejado de poder ocultarse.





